La Poesía Patriótica del Poeta del Amor,
Apolinar Perdomo Sosa
Dedicado a Vicdali Melgen Pérez-Perdomo,
escritora informalista de Neiba.
Por:
Abraham Méndez Vargas
Joaquín Balaguer, en la Guía Emocional de la Ciudad Romántica, (1992), en el capítulo primero, titulado Fisonomía Moral de la Ciudad, páginas 11 a la 25, dedica de la página 19 a la 20 a La Ciudad y las mujeres, y en sus dos últimos de sus siete párrafos termina retomando, no a Fabio Fiallo, a quien califica de ser el poeta del amor, sino a Apolinar Perdomo, diciendo lo siguiente:
“Apolinar Perdomo, nuestro poeta erótico por excelencia, cantor apasionado y vehemente de la mujer criolla, ha expresado en versos inolvidables el sentimiento de la admiración que provoca en el visitante la reina que impera sobre aquella tierra con el cetro de triunfal de su hermosura:
“Y es de entonces que encienden los rubores
la albura de tu rostro de querube,
cuando a tus rejas, floreciendo amores,
la enredadera de mi verso sube…
“Rondador de tu vida, muchas veces
me sorprendió la aurora ante tus rejas
esperando que el sol de la mañana
saliera para mí, cuando salieras… (Obra citada, p. 20).
Enrique Deschamps, en su obra La República Dominicana, 1907 pero reeditada en 1974 por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc., en el capítulo titulado “Las Bellas Letras en la República Dominicana”, incluye íntegramente el poema Génesis, de Apolinar Perdomo; es decir, se mantiene presente como una figura de primer orden en el acontecer poético y literario de la República, de ahí la importancia de retomar la lectura del autor de Cantos de Apolo, haciendo énfasis en la percepción que la misma deja cada reporte de lectura generacional.
La Antología de la Literatura Dominicana, de Pedro René Contín Aybar, 1944, en dos tomos I (Poesía) y II (Prosa), consagra de la página 285 a la 295, seis poemas de Apolinar Perdomo (1882-1918), que son: Venus rara, Génesis, Canción de amor, Canto al amor, Capricho, Tú debes ser así; y nos dice, entre otras cosas, lo siguiente:
“Hijo de don Federico Perdomo y doña Dolores Sosa, nació el 7 de octubre de 1882 en la villa de Neiba, donde su padre desempeñaba entonces un cargo administrativo, y murió en Santo Domingo el 27 de diciembre de 1918, víctima de la epidemia de influenza.
“Fue funcionario de las Secretarías del Interior y Policía y de la Guerra. Apenas intervino en la política activa. Espíritu bondadoso y sencillo, llevó vida bohemia, sin otras preocupaciones que las literarias. Sus versos, premiados en diversos certámenes, le hicieron popular.
Más adelante, el referido antólogo Contín Aybar, observa que “en la apreciación de la poesía de Apolinar Perdomo, casi exclusivamente amatoria, nuestra crítica coincide, en general, tanto en señalar la carencia de una técnica depurada, como en admirar sus dotes de espontaneidad y su verbo sonoro y brillante, al mismo tiempo que una delicada y natural sensibilidad poética. Aunque sus modelos predilectos fueron más bien románticos, en su verificación, en sus imágenes, y en su tono sensual, hay abundantes reflejos modernistas” (Obra citada, Pág. 285).
El gran escritor y narrador y dramaturgo barahonero, Rafael Damirón, en su obra De Soslayo, (1983, segunda edición, Editora Alfa y Omega), dedica cuatro memorables páginas, de la 70 a la página 73, bajo el titulo De Un Ayer Romántico Apolinar Perdomo, y, en síntesis, nos dice lo siguiente:
“Cuando lo conocimos, hace muchos años, joven él, jóvenes nosotros, ya su firma era timbre de orgullo para la revista Nuevas Páginas, cuya dirección espiritual se compartían entre méritos y aplausos, Porfirio Herrera y Juan Tomás Mejía. El, y estos, fueron los mosqueteros líricos de la edad romántica de esta ciudad, entonces tan propicia al manejo de los dardos de Cupido, como a llevar entre las manos el salterio melancólico de un Dios pagano.
“En el reducido departamento de una pequeña casa que hoy hace esquina entre las calles José Reyes y Mercedes, solía reunirse entonces este prometedor tríptico que habría de conquistar galardones envidiados en las justas del Gay Saber: Apolinar Perdomo, el romántico; Porfirio, el lírico; Juan Tomás, el apocalíptico.
“Aún la vida no los había forzado a entrarse en filosofías previsoras, y una rosa, un clavel, una azucena, un lirio, eran para ellos más que todo el oro del mundo.
Más adelante, termina diciendo el autor de celebre novela La Cacica: “Su muerte fue para nosotros una hoz dolorosamente cercenante, algo indigno de su mansedumbre y de su espíritu delicado.
“Cuando nos regresamos hasta la noche fría cuajada de pánico que envolvió sus despojos, allá por los días en que la Influenza consumía vidas como una vorágine insaciable, pensamos en aquel catafalco solitario que iba por la calle por donde tantas veces erró su alma dulce, sin una corona de flores, sin un panegírico digno de su arte pleno de amor, el corazón se nos llena de amargura.
“Apolinar se fue sólo de la vida.
“No más de tres compañeros que alcanzamos el carro fúnebre que lo condujo al cementerio, pudimos echar un poco de tierra sobre el rustico ataúd que lo sembró en la sombra eterna.
“De esto hace ya muchos años; sin embargo, venció lo árido de su destino. Su verso aún florece en la ventana que lo hizo cantar su más bella canción: “Canción de Amor” (Obra citada, paginas 71, 73).
En Letras Dominicanas, Joaquín Balaguer le otorga a Fabio Fiallo el título de poeta del amor por cuestiones puramente formales o apego a los moldes clásicos del verso, pero nos sorprende su instinto de gran crítico literario e histórico, cuando hace la siguiente interpelación con su consiguiente respuesta, a saber:¿Quién no daría, por ejemplo, todos los cantos almacenados en “La Lira de Quisqueya”. (4) por una sola de las lágrimas que son capaces de recorrer el mundo sobre el pétalo de un verso y de humedecer con su rocío cristalino los senos de la noche? Yo, por mi parte, daría buena parte del parnaso nacional por esta pequeña estrofa de “Génesis”:
“Rondador de tu vida, muchas veces
me sorprendió la aurora ante tus rejas
esperando que el sol de la mañana
saliera para mí, cuando salieras… (Obra citada, p. 26).
De Fabio Fiallo, sin embargo, Balaguer resalta “la cuerda patriótica”, cuando diciendo que “Fabio Fiallo, quien en su juventud fue espejo de trovadores andantes, quiso ya en la madurez incorporar su voz al coro de los poetas civiles: su “Canto a la bandera”, compuesto después de los sesenta años, cuando ya la lira de Anacreonte había dejado de ser discípulo favorito de Eros y el mimado de las Gracias, fue una de las tantas composiciones de circunstancias (2) que le inspiró la ocupación militar norteamericana”. Sin embargo, siendo esa misma línea sentada por Camila Henríquez Ureña, que fue quien le dio a Fiallo del título de poeta del amor, Balaguer en su Historia de la Literatura Dominicana, repite los mismos conceptos sobre Apolinar Perdomo, aunque comienza diciendo que éste “comparte con Fabio Fiallo, en el parnaso nacional, el cetro de la poesía erótica”, pero, contrario a como resalta la cuerda patriótica de Fabio Fiallo con su “Canto a la bandera”, Balaguer, como muchos otros historiadores de la literatura dominicana, omite referirse al “Canto a la Patria”, de Apolinar Perdomo, no obstante haber repetido algunos conceptos de “Canto a la Patria”, en su obra La Palabra Encadenada.
Igualmente, Emilio Rodríguez Demorizi, en su ensayo titulado La Poesía Patriótica en Santo Domingo, (Cuadernos Dominicanos de Cultura, Tomo I, específicamente, en numero 3, noviembre 1943, publicación especial hecha por BanReservas en 1997), hace un recorrido de la poesía patriótica desde los tiempos de la Colonia, hasta La Lira de Quisqueya, en ocho capítulos admirables por su decir fecundo y su rigor histórico, y el VII nos dice, entre muchas otras apreciaciones que “con Salomé Ureña, la poesía patriótica dominicana llega a la más elevada cima” (Obra citada, p. 509), pero, aunque no menciona el Canto a la Patria, de Apolinar Perdomo, que supera con creces en pasional arrojo toda otra poesía que se le compare, no obstante usar la factura de la Odas de Horacio.
La Introducción de Joaquín Balaguer en su obra La Palabra Encadenada, parece sacada del Canto a la Patria, de Apolinar Perdomo, especialmente cuando el poeta neibano dice:
“De esplendida promesa,
te ha convertido el hado en horroroso
caos; eres tan solo
ruinas, campo de muerte en que se ajitan,
huérfanos del honor, seres abyectos;
despreciables reptiles que se arrastran;
siervos que besan con amor el látigo
que rubrica en sus rostros la infamante
cicatriz del esclavo…
En la Introducción de La Palabra Encadenada, (1998, Editora Corripio, C por A.) de la referida obra, Balaguer dice que “Toda la intelectualidad dominicana, perteneciente a dos generaciones, la que ya empezaba a declinar en 1930 y la que iniciaba su vida pública alrededor de esa misma fecha, es culpable de haber adulado con demasía a aquel hombre de hierro que dominó, con poder absoluto, todo ese ciclo de la historia dominicana” (p. 9), y termina diciendo: “Hay algo de que puedo sentirme halagado. Nunca escribí un solo verso en honor de Trujillo. En el libro que se públicos en 1946 (Editorial “El Diario”, de Santiago), donde aparecen las firmas de la mayoría de los poetas dominicanos de la época, no figura el nombre del suscrito. Siempre he creído que el medio más excelso de que dispone el hombre para exponer sus ideas e inquietudes es la poesía, y que ésta, por pobre y deslucida que sea, sólo debe usarse para expresar lo más puro y lo más noble del sentimiento humano. Preferí colgar la lira, como usualmente se dice, y mantener esa afición de mi juventud olvidada”.
Cuando leemos el Canto a la Patria, de Apolinar Perdomo, nos convencemos de que así como comparte con Fabio Fiallo, en el parnaso nacional, el cetro de la poesía erótica, igualmente, vemos que también comparte con Salomé Ureña, así como con Hay un país en el mundo, (poema que tiene varios puntos comunes con el Canto a la Patria de Perdomo, lo que lo convierte en su precedente inmediato), de Pedro Mir, lo más elevado y alto de la poesía patriótica dominicana.
El Canto a la Patria, de Apolinar Perdomo, tiene varios puntos comunes con Hay un país en el mundo, de Pedro Mir.
Por ejemplo, en el Canto a la Patria, del poeta sureño, leemos lo siguiente:
Mas, echemos ¡oh Patria!
a la piadosa tumba del olvido
tus dolores pasados;
con la divina cruz de tus amores
espantemos el negro pesimismo;
y en lugar de gemir entre las ruinas
que dejara al pasar sobre tu suelo,
la imperdonable guerra fraticida,
soñemos, por tu amor, con que una aurora
de supremo esplendor, de dicha eterna,
brillará para ti, Patria adorada!
En Hay un país en el mundo, del poeta de la Sultana del Este, leemos lo siguiente:
Algún amor crecerá
que en este fluvial país en que la tierra brota,
y se derrama y cruje como una vena rota,
donde el día tiene su triunfo verdadero,
irán los campesinos con asombro y apero
a cultivar
cantando
su franja propietaria.
Este amor
quebrará su inocencia solitaria.
Pero no.
Y creerá
que en medio d esta tierra recrecida,
donde quiera, donde ruedan montañas por los valles
como frescas monedas azules, donde duerme
un bosque en cada flor y en cada flor la vida,
irán los campesinos por la loma dormida
a gozar
forcejeando
con su propia cosecha.
Este amor
doblará su luminosa flecha.
Pero no.
Igualmente, leemos en Canto a la Patria, de Perdomo, las siguientes imágenes:
…reunamos la insensata
falange miserable
cuya ambición de mando y sed de oro
causaron tus presentes desventuras,
para decir: “aprovechad la fuerza
de esos ríos caudalosos que fecundan
el suelo, y proclamando
de la virilidad el triunfo heroico,
gastan en vano su potencia hercúlea
luchando con el mar, en el cual abren
brecha a su curso y a sus aguas lecho,
y convertidla presto
en inefable fuente de riquezas;
corred a las montañas
vírgenes, que reclaman el empuje
de una labor que premiará con creces,
y en brega noble y digna,
realizad la conquista fabulosa
del tesoro que guardan bajo el velo
de su verdura hermosa,
que es envidia del mar y amor del cielo!...
Y entonces, honra grata a la memoria
de los antiguos héroes que lucharon
por una libertad ¡oh patria mía!
que ni hubiste jamás ni la gozaste,
otros héroes gallardos, atrevidos
en la lid del Progreso,
surgirán en tu seno y en tu seno
plantarán las banderas triunfadoras
de la anhelada paz; y el poderoso
himno del Trabajo,
cantado por cien mil locomotoras,
conmoverá el silencio de tus selvas;
fecundará llanuras
estériles; desgarrará tu vientre
y sacará a la luz el feto de oro
que incuba, siglos ha, bajo la hoguera
de un prolífico sol enamorado,
que te vistió de eterna primavera!
En Pedro Mir, como en Apolinar Perdomo hay un mismo sueño compartido; Mir termina Hay un país, diciendo: “Después/ no quiero mas que paz./ Un nido/ de constructiva paz en cada palma./ Y quizás a propósito del alma/ el enjambre de besos/ y el olvido”; y Perdomo sueña con que “ echemos ¡oh Patria! / a la piadosa tumba del olvido / tus dolores pasados; / con la divina cruz de tus amores / espantemos el negro pesimismo”; y además de otros puntos comunes, como cuando Mir dice que “Este es un país que no merece el nombre de país./ Sino de tumba, féretro, hueco o sepultura”, y Perdomo, por su parte, afirma que: “ Yo he visto el Odio torpe, / engendro de pasiones criminales, / sobre tu augusta frente / trono erigir a la fatal venganza; / y he visto tus legiones pavorosas, / armadas del puñal y de la tea, / sangre hermana verter, sembrar la ruina / donde brotaba un germen de promesas / para tu oscuro porvenir”.
Finalmente, en su Canto a la Patria, Apolinar Perdomo lleva su pasión de duartista febrerista puro, derramando su vena poética más allá de la quintaesencia de hombre liberal y romántico, en un predio de triunfo ideal al que no osaron pisar ni Pedro Mir, ni Salomé Ureña, ni ningún otro poeta dominicano que ha cantado con amor ferviente a esta Patria adorada por sus hijos; veamos:
Mas, si no cuadra a tu destino ingrato
que seas feliz; si el Hado cruel y adverso
pronuncio su sentencia tenebrosa
sobre tu pobre vida, contra el hado
y contra las legiones invisibles
del Destino fatal, vibre mi verso
sonoro y triunfador; déle su aliento
la formidable abnegación que un día
bajó desde la cumbre del Baluarte,
convertida en tormenta arrolladora,
y caiga luego víctima
de su robusta fe, muera contigo!
esa será su esplendida victoria!
Sobre el sepulcro osado
que guarde tu memoria,
flotará triunfador, nunca humillado,
tu victorioso pabellón cruzado,
abierto al sol radiante de la Historia…
Termino pues este comentario, ofreciéndoles a los lectores del siglo veintiuno, una relectura íntegra del Canto a la Patria, de Apolinar Perdomo Sosa, quien hasta hoy había sido el gran olvidado en materia de estudio de la poesía patriótica dominicana.
CANTO A LA PATRIA
Por:
Apolinar Perdomo Sosa
Para cantarte ¡oh Patria!
Quiere la musa mía
beber en tus amores armonía…
Diérame las sonoras
canciones de sus arpas
el alado concierto que saluda
el divino esplendor de tus auroras;
diérame sus amantes serenatas
o el himno ronco de sus locas furias,
tu mar que es el amante de las costas
que besa rumorosa o que castiga
con celoso furor que cuaja en albas
irisadas espumas;
diérame el de la luz, canto soberbio
y silencioso y mágico y esplendido,
tu purísimo cielo en donde place
al sol que es un artista milagroso,
derrochar sus fulgores providentes
que son fecundidad, vida, belleza,
gloria de las alturas
que al descender hasta la tierra, tórnase
en un maná supremo de riqueza;
diérame en fin ¡oh Patria!
la inagotable fuente de poesía,
gala de tu gentil naturaleza,
y el verso, tan osado cual vibrante,
tendrá para cantarte, en su brillante
vestidura de príncipe, fulgores
de pálidos luceros,
relampagueos de rápidas centellas;
y un grave ruido de chocar de aceros
y un clamor prodigioso de epopeyas!
………………………….. ………….
Oh, Patria! qué tremenda
maldición, qué infernal y cruel designio
cayó sobre tu suerte que así trueca
en dolor infinito la alegría
de tu feliz ayer? Qué pavoroso
decreto del Destino así te arroja
–náufrago resto
de un bajel opulento sorprendido
por inclemente playa del olvido?...
De esplendida promesa,
te ha convertido el hado en horroroso
caos; eres tan solo
ruina, campo de muerte en que se agitan,
huérfanos del honor, seres abyectos;
despreciables reptiles que se arrastran;
siervos que besan con amor el látigo
que rubrica en sus rostros la infamante
cicatriz del esclavo…
Fugóse de tu suelo
el valor legendario,
ejemplo de heroísmo temerario,
noble y gentil hermano de la gloria
que te llevó de mano a la victoria!
Ya no queda de aquel viejo prestigio
que se alzaba en sus brazos vigorosos
para mostrar al mundo
el gallardo prodigio
de tus frescos laureles luminosos,
más que un fulgor esplendido en la historia;
y en cima de las crueles desventuras
de tu presente oscuro y tu indecible
incierto porvenir lleno de brumas,
las eternas sonrisas de tu cielo
siempre alegre –que el cielo es insensible,
y ante el negro dolor que te asesina,
ríe con su risa azul, franca y divina!
Yo he visto el Odio torpe,
engendro de pasiones criminales,
sobre tu augusta frente
trono erigir a la fatal venganza;
y he visto tus legiones pavorosas,
armadas del puñal y de la tea,
sangre hermana verter, sembrar la ruina
donde brotaba un germen de promesas
para tu oscuro porvenir; yo he visto
en bochornosa lidia
con la infame ambición cruenta perfidia!
Y a la traición he visto empuñar cetro
y sonreír, satánica y sangrienta,
al hacer un patíbulo
de la misma tribuna luminosa
que alzaba la virtud del patriotismo
por defender tu honor y tu bandera!
Tu bandera… la misma
que fue un sol en la noche fulgurante
del Veintisiete de Febrero, y luego
fue la novia triunfal de la Victoria!
Tu bandera… la misma
que entraba en las batallas
a inspirar sacrificios,
y a conquistar trofeos…
Tu bandera… la misma que tiñeron
con su sangre inmortal los caballeros
de tu gloriosa libertad, la misma
que flotó, transformada
en espantosa llama de heroísmos
sobre un fulgor inmenso: Las Carreras
que es cumbre de epopeyas en la Historia;
sobre esta cima enorme: Capotillo,
tope de las banderas de la Gloria!...
Mas, echemos ¡oh Patria!
a la piadosa tumba del olvido
tus dolores pasados;
con la divina cruz de tus amores
espantemos el negro pesimismo;
y en lugar de gemir entre las ruinas
que dejara al pasar sobre tu suelo,
la imperdonable guerra fraticida,
soñemos, por tu amor, con que una aurora
de supremo esplendor, de dicha eterna,
brillará para ti, Patria adorada!;
reunamos la insensata
falange miserable
cuya ambición de mando y sed de oro
causaron tus presentes desventuras,
para decir: “aprovechad la fuerza
de esos ríos caudalosos que fecundan
el suelo, y proclamando
de la virilidad el triunfo heroico,
gastan en vano su potencia hercúlea
luchando con el mar, en el cual abren
brecha a su curso y a sus aguas lecho,
y convertidla presto
en inefable fuente de riquezas;
corred a las montañas
vírgenes, que reclaman el empuje
de una labor que premiará con creces,
y en brega noble y digna,
realizad la conquista fabulosa
del tesoro que guardan bajo el velo
de su verdura hermosa,
que es envidia del mar y amor del cielo!...
Y entonces, honra grata a la memoria
de los antiguos héroes que lucharon
por una libertad ¡oh patria mía!
que ni hubiste jamás ni la gozaste,
otros héroes gallardos, atrevidos
en la lid del Progreso,
surgirán en tu seno y en tu seno
plantarán las banderas triunfadoras
de la anhelada paz; y el poderoso
himno del Trabajo,
cantado por cien mil locomotoras,
conmoverá el silencio de tus selvas;
fecundará llanuras
estériles; desgarrará tu vientre
y sacará a la luz el feto de oro
que incuba, siglos ha, bajo la hoguera
de un prolífico sol enamorado,
que te vistió de eterna primavera!
Y luego, ¡oh Patria!, que te vean mis ojos
resurgir del abismo de miserias
y de tristes escombros lamentables
en que arrancó la infamia de tus hijos
tus glorias y tu honor; que pueda verte!
Mas, si no cuadra a tu destino ingrato
que seas feliz; si el Hado cruel y adverso
pronuncio su sentencia tenebrosa
sobre tu pobre vida, contra el hado
y contra las legiones invisibles
del Destino fatal, vibre mi verso
sonoro y triunfador; déle su aliento
la formidable abnegación que un día
bajó desde la cumbre del Baluarte,
convertida en tormenta arrolladora,
y caiga luego víctima
de su robusta fe, muera contigo!
esa será su esplendida victoria!
Sobre el sepulcro osado
que guarde tu memoria,
flotará triunfador, nunca humillado,
tu victorioso pabellón cruzado,
abierto al sol radiante de la Historia…